Dar a César lo que le corresponde
Al bueno de César se le acabaron las penurias.
César andaba muy angustiado los últimos meses. El pasado Enero, la popular "cuesta" se le presentó como un descenso vertiginoso del que no veía el fin, aquel punto en donde con toda probabilidad debía hallarse el Averno. Su empresa se hundía y le asfixiaba, Se encontraba extenuado y humillado. Si no fuera por la rabia de su impotencia que le infundía energías y le estimulaba para el combate, habría desfallecido.
Voluntarioso para cumplir con sus empleados hasta donde le alcanzara, había recurrido a sus ahorros apilados con tenacidad de hormiga durante años y ocultos al fino olfato administrativo en un secreto depósito andorrano adonde acudía en regulares peregrinaciones. Pero, como todo, también los recursos ocultos son finitos y no fueron bastantes para calafatear las vías de agua de la nave que zozobraba.
César luchó todo lo que podía y sabía por mantenerse a flote. Acudió a todos los bancos y financieras de la plaza a los que inundó, atendiendo sus demandas, con montañas de papeles, fotocopias, certificados y declaraciones. No titubeó cuando el guión le exigió desnudarse ante una inagotable nómina de empleados de banca, ni cuando hubo de explicar su vida, andanzas, proyectos, fortalezas y debilidades, patrimonio propio y de familiares y cuanto quisieron indagar, eso sí, siempre bajo el amparo de la ley de protección datos personales. Declaraciones de renta, cifras de negocio, Vida laboral, cotizaciones, planes de jubilación, declaraciones de patrimonio, de deudas, de riesgos, proveedores, clientes, etc. Nada quedo fuera del alcance de la lupa de entomólogo de los concienzudos, severos y misteriosos analistas de riesgos. Los mismos que han llevado al mundo al caos por su incapacidad o aviesa intención.
Naturalmente nuestro César perdió la batalla. Los bancos habían cambiado sin aviso todos sus esquemas y baremos y César dejó de ser objeto del celo de los directores de las agencias. Entre sus proveedores perdió viejos amigos y también a sus últimos empleados, los más fieles y los más torpes que le demandaron en legítima defensa de sus derechos y familias. La Seguridad Social y Hacienda, implacables, se pusieron los primeros en la cola.
Paulatinamente César se fue quedando solo y hasta las sonrisas huyeron de su alrededor. Perdió la orientación y ya sin gobierno, también el rumbo. Así entró en el mes de Agosto a cuyo final sabía que perdería el piso, todavía sede de sus lazos y sentimientos más queridos.
Septiembre encontró a César con una cínica y amarga mueca y a pese a todo eso quiso sorprenderle. Su fortuna, por circunstancias que no vienen al caso, cambió radicalmente y ahora César debe preocuparse de administrar y hacer rendir un capital. No sabe cómo, los directores de las agencias bancarias se han enterado de su nueva posición y todos le han buscado y devuelto aquellas sonrisas, extraviadas hace tan poco tiempo.
César no es rencoroso y tampoco quiere olvidar los años en que su negocio creció en simbiosis con algunas entidades financieras. Ha prometido atender todas las ofertas de inversión en los instrumentos de sofisticadas denominaciones e irresistibles beneficios. que le brindan. Tan sólo ha solicitado que, para estudiar los productos conforme a los tiempos que corren, junto a los folletos primorosamente editados adjunten la declaración de renta y patrimonio del director de la oficina y la del presidente del banco y su esposa, quienes de forma personal, conjunta y solidaria deberán garantizar la bondad y avalar el rendimiento de las inversiones propuestas. Mientras llega la documentación solicitada, César, ahora sí, se ha ido de vacaciones. No tiene prisa.
Foto (El País): E. Botin (B.Santander) y F. González (BBVA)

