Jardines de Pedralbes
Un pequeño bosque en el centro de la ciudad es algo atractivo y además hermoso. Los jardines del Palacio de Pedralbes, tras sus altos muros y puertas de hierro forjado, ofrecen al ciudadano atento un espacio seductor. No es un jardín florido. Sus senderos son como pistas y sus ornamentos muy modestos, casi impropios de un palacio pensado para albergue de reyes. Pero tienen un gran encanto. Constituyen un hábitat ideal para el preciado bien de la tranquilidad. Ésa tranquilidad que gusta acoger tiempos y espacios para la reflexión, para el romanticismo, la contemplación y el amor.

Las pocas fuentes con surtidores de agua danzarina son hospitalarios reclamos para los pájaros que deciden instalarse allí. Hoy, las poco armoniosas cotorras, inmigrantes plenamente integrados, van colonizando el hábitat y desplazando a sus tradicionales inquilinos. Los bambúes permanecen inalterables ofreciendo entre su follaje escondite para juegos de niños y picardías entre jóvenes.
Y entre otros, un atractivo singular: el banco, trono o tó
tem de madera noble que lleva por lo menos treinta años asentado en el sendero que sube por la izquierda. Cuantas situaciones habrá recogido en sus recios tablones y bajo su esculpida cúpula: Confidencias de confesionario, promesas eternas, relatos de proyectos hilvanados con humo, suturas provisionales para relaciones sin futuro...
El Palacio de Pedralbes en contadas ocasiones albergó Reyes y se ha venido utilizando tan sólo ocasionalmente, para actos y recepciones. Su próximo destino como sede de un organismo internacional, la Unión para el Mediterráneo (o algo parecido) limitará, poco o mucho, su aprovechamiento por el ciudadadno corriente.
Que lástima no poder seguir dejando entrañables recuerdos entre sus sombras.



micaela dijo
Que casualidad, hoy, rebuscando entre cajones he encontrado unas fotos de cuando frecuentaba esos jardines. Hace mil años...
5 Febrero 2009 | 08:01 PM