La Calle
Supuse que sería él, La Calle, el sin techo que se hizo amigo de Arturo San Agustín, el periodista que se interesó en las razones de los mendigos. Atravesaba la plaza Universidad dirección hacia Pelayo, mordisqueando una croqueta que compartía los dedos de su mano izquierda con un cartón de Don Simón, el tinto gladiador narcótico de la memoria y embaucador del frío.
Y conocí que era La Calle por su andar como de marinero en tierra cuya singular dignidad me resultaba familiar. Caminaba junto a un hombre maduro, de semblante sereno y paciente, un voluntario de "Arrels" que parecía sostener conversación a pesar de los desplantes del mendigo que parecía irritado, ademán cada día más frecuente.
Cautelosamente les seguí y me acerqué hasta ver con claridad el rostro amarillento surcado de grietas azules de La Calle y escuchar su voz definitivamente temblorosa e indescifrable. Tiempo atrás, cuando La Calle ejercía de ciudadano y de abogado en los tribunales, había podido escuchar su timbre grave y agradable en los alegatos que pronunciaba y en las jocosas tertulias de mediodía ante la barra del bar junto a los juzgados, surtida de las inefables croquetas.
Pensé que quizás, la de aquel día, fuera la última croqueta de La Calle, como mucho la penúltima. Él, años atrás, por alguna causa, huyó de su posición solvente para caer en un desarraigo sin retorno a veces lúcido y otras muy borroso, trayecto que alcanzaba ya su inevitable final.
Sabía yo que otros muchos como él necesitaban voluntarios de Arrels aunque ellos mismos no lo supieran ni los quisieran. Me había propuesto ayudar, hacer algo. Había seguido y observado de cerca a unos cuantos sin techo para intentar comprender y ver cómo hacer. Pero sigo así, a un paso de de marcar un teléfono y dejarme llevar por el camino de la esperanza.


turquesa dijo
Estoy segura que muchos sin techo, tienen tras sus espaldas una vida muy interesante. Pero un día se perdieron en su interior y abandonaron todo.
26 Julio 2009 | 11:06 AM