LA SIRENA DE LES MEDES (Eco de habaneras) (I)
EL LLOP DE MAR
Todos los amaneceres Narcís fumaba su primera pipa -o quizás sólo la masticase- dando pasos por la playa hasta alcanzar el muelle de pescadores. El ritual de cada mañana. Tan sólo cruzar la puerta de la taberna del Roc, en el Pósito, Carmelo tomando un vaso de vidrio verdoso de grueso culo lo dejaba con un golpe seco y sonoro sobre la barra de madera de castaño de las Guillerías y, botella de cazalla en alto, saludaba con el trino de la blanca trenza que salpicaba el vaso.
Cada día la misma oración, el mismo brindis al nuevo día, a la vida. Sin palabras. La cazalla ahuyentaba de la boca de Narcís los demonios que se habían alojado allí durante la noche y añadía un punto más de gravedad al tono de su voz quebrada. Los efectos del anisado eran siempre inmediatos y suponía cerrar una página, pasarla y abrir la siguiente donde recoger lo que el nuevo día había de traer.
Narcís, con más de 70 años a su espalda , era un hombre de mar perteneciente a una progenie de pescadores. Desde los tres años se embarcaba para que su padre le enseñara los secretos de la mar y el oficio de pescador. En las horas pasadas sobre la barca comenzó a comprender los sentimientos de la mar, sus reacciones y a dialogar con ella. Narcís tenía las venas saladas como los marineros de estirpe. Sus vínculos con la mar no hicieron más que crecer y fortalecerse ya desde su nacimiento, tejiendo una malla formada por cabos que afirmaba con mil nudos diferentes.
Sucedía a veces que alguna barca no regresaba a puerto. La mar discutía con los vientos y el cielo irritado inflaba enormes nubes de cuerpo gris marengo que corrían de un lado a otro desordenadamente. En sus tropiezos desprendían chispas tremendas y rugían atronadoramente alentando el caos. La mar, orgullosa y rebelde, invariablemente aceptaba el reto y se encrespaba lanzando sus amenazadores dedos de guantes blancos hacia todos los astros del cielo ocultos tras las poderosas nubes que respondían lanzando cascadas de agua dulce que pugnaban por aplastar y humillar a la embravecida mar. Es un diálogo feroz que no admite otros contendientes. Todo lo demás queda reducido a la condición de decorado o de espectador en el más sobrecogedor de los escenarios.
Y aquella noche sucedió otra vez. Marta, sacudida en la noche por sus presentimientos, se había plantado en el muelle, entre dos aguas, la de la lluvia y la de los jirones de mar que saltando sobre el muelle la rociaban con fuerza disimulando sus lágrimas y anulando su capacidad de expresión. Marta enviudó aquella noche y la taberna del Roc cerró sus puertas. Los pescadores no se reunieron para cantar sus canciones ni los valses marineros, ni para beber cazalla o ron como solían.
No hizo falta explicar nada a Narcís. Un abrazo largo, dos miradas fundidas en intenso diálogo dominado por la amargura, el miedo y la determinación , maduraron en minutos al niño de doce años. En las semanas siguientes todos los esfuerzos de Marta para hacer de Narcís un fraile fueron inútiles. Narcís le decía una y otra vez "Madre, quiero ser pescador, comprendo tu dolor por la muerte del padre pero yo soy hijo de pescador y tengo las venas saladas". Y logró desprenderse del hábito entregado por su madre, condenándola de por vida al suplicio de la dependencia de las salidas y entradas a puerto de las barcas.



mi-jardin-secreto dijo
Que hermosa comunión con el mar.
Gracias por compartir esta historia.
Abrazos. :)
29 Julio 2009 | 10:12 PM