LA SIRENA DE LES MEDES (II)
EL SABIO DE CUBELLES
Nadie podía jurar haberlas visto pero todos en la costa sabían que en el Cap de Creus recalaban sirenas. Se desplazaban con ligereza por el golfo de León y sus apariciones llevaban de cabeza a los marineros que en las tabernas de los puertos, al regreso de sus singladuras, contaban historias en cada repetición más fantásticas. Se decía que podían aparecer en cualquier momento de la noche, incluso a plena luz en los días metálicos cuando el cielo y la mar confundían sus reflejos de estaño y plata y las risas de las sirenas reverberaban más fácilmente encubriendo el lugar del que provenían.
Ávido de experiencias llegó a Roses un sabio atraído por los rumores y las historias de las sirenas del Cap de Creus que los pescadores empordanesos libraban a cualquiera de sus vientos. Y la Tramontana las llevó hasta el Garraf donde el estudioso navegaba entre los miles de volúmenes ordenados en la biblioteca de Cubelles donde yacía latente la mayor colección conocida de obras sobre mitología de cualquier civilización.
Tras la muerte de su padre, Narcís no dejó de embarcarse ni un solo día ya fuera para pescar o hacer cabotaje en travesías de uno o más días. Unas veces de marinero enrolado en barcos de otros patrones, otras en la "Fabulosa" la barca que heredó de su padre y que Narcís había arbolado de nuevo y cuidaba con mimos de amante. La "Fabulosa" era conocida en toda la costa empordanesa y Narcís respetado por sus conocimientos y sensibilidad marinera. Tenía un olfato casi infalible para dar con el lugar idóneo para calar sus redes y parecía ver bajo las aguas cuando seguía los bancos de pescado en sus desplazamientos a lo largo de la costa. Algunos decían que podía oír las conversaciones de los peces anticipando así su camino. Su destreza en sortear bajos y en las aproximaciones a los acantilados, saliendo siempre indemne incluso en días de mar gruesa, le dieron cierta fama de temerario que él no comprendía.
Por su acreditada fama de navegantee avezado, casi legendaria, el sabio estudioso que quería hablar con las sirenas, aconsejado por otros pescadores, solicitó a Narcís que le acompañara y guiara en su empeño de hallar las que merodeaban el Cap de Creus. La empresa le pareció a Narcís tan inútil como fascinante y accedió atraído por una remuneradora compensación que le garantizaba el valor de la pesca de veinte días buenos.
En la travesía de Roses a Cadaqués, el sabio fue explicando sus intereses y objetivos al tiempo que instruía a Narcís sobre las sirenas. Así fue como éste se enteró de que las primeras sirenas de las que se tuvo noticia eran híbridos con rostro y torso de mujer y con alas y garras de ave. Lo que esperaba encontrar, seguía el sabio, eran nereidas, bellísima especie con cuerpo de mujer y cola de pez que la tradición oral había asimilado con las sirenas. Ambas especies tenían una voz musical, irresistible y cautivadora que enamoraba irremediablemente a quien la escuchaba.
Narcís manejaba absorto el aparejo latino de la Fabulosa dando velocidad al barco. Las orejas le advertían del más leve cambio de dirección del viento que al poco le confirmaban imperceptibles rizos sobre la superficie del agua. Su atención a todos los detalles de la navegación no le impedía seguir las historias que le contaba el sabio deslizándose en su mente y acosando su estructura habituada a lo próximo y práctico. Le hablaba de seres fantásticos y monstruos marinos de los que nunca había oído hablar.
(continuará)



turquesa dijo
Aquí estaré para leer la continuación.
Sería maravilloso que las sirenas no fueran solo una ilusión.
Besotes
1 Agosto 2009 | 04:24 PM