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La Coctelera

feitus

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4 Agosto 2009

LA SIRENA DE LES MEDES (III)

 CALA BONA 

Durante los días siguientes resiguieron minuciosamente toda la costa desde Port-Lligat a Port de la Selva. De día y también durante horas en la noche bordeaban los acantilados, entraban en las calas, se acercaban a los escollos y salvaban los arrecifes escrutando los fondos. En los descansos, ya fueran en la barca o en las calas pedregosas en donde se abrigaban las últimas horas de algunas noches,  el sabio parecía querer volcar sobre Narcís todo lo que había aprendido en horas y más horas de silencioso estudio entre los libros. Era un conversador incansable, desbordante, pero como aceptaba bien el diálogo Narcís podía reconducir la conversación hacia los aspectos que más le interesaban. Compartían tantas horas que tiempo hubo para repasar siglos de tradiciones,leyendasa y testimonios. Narcís se perdía entre náyades, nereidas, ondinas, tritones y tantos otros seres con nombre tomado de las constelaciones. Tantos seres formidables le confundían y él con sus dudas, preguntas y comentarios conducía la conversación hacia  lo que le resultaba más familiar, las historias de sirenas que  algunas había escuchando de otros marineros y otras le habían llegado por tradición familiar.  Aunque de fondo  incrédulo, por ser de los que necesitan ver y tocar para creer, la existencia de las  sirenas la había sumido como una verdad inalcanzable, un mito próximo aunque ausente al que a veces cantaba en coro de roncas voces las noches de invierno en la taberna del Roc.  Disfrutaba de esos momentos junto a otros pescadores y, bajo el infalible empuje de los vasos de ron, las notas de aquellas  canciones y valses marineros plenos de nostalgia, aventura y amores excitaban su imaginación y le transportaban  hacia lugares y situaciones inverosímiles.

Habían pasado los días sin realizar descubrimiento alguno. Agotado el plazo, era la última noche antes del regreso y finiquitaba el ciclo de la luna dejando la noche desamparada de su espectro. El cielo ofrecía la tenue luz de sus estrellas  reflejándolas el mar perezosamente. Todo estaba en calma pero Narcís sentía  que los elementos sumidos en reposo  bien pronto se manifestarían con  libertad.  Aquella apacible serenidad era una ironía y una falacia.  Se gestaba un nuevo temporal , seguro, a no más de dos días o quizá antes                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

Recalando en Cala Bona descendieron a tierra y se dispusieron a celebrar el fin de la expedición aún sin tener otra cosa que celebrar que su final. Dispusieron sobre la playa tres botellas de ron y una de cazalla, las últimas, y empezaron a beber aquel ron venido de Cuba que deleitaba a Narcís y tan a gusto le dejaba. En el fuego de ramas y algas secas hervía la sopa de congrio con arroz y mientras, limpiaba los calamares que hechos a la llosa compondrían aquella cena sólo especial por ser la última. Bebieron sin prisas ni impedimentos y Narcís, alegre por volver  a casa contagió al sabio la euforia que sentía por el final de la expedición. Por una vez éste, vencido por su decepción prevista y asumida,  escuchaba las historias de Narcís: lances de pesca, combates con la mar e historias  de mujeres que en todos los casos, detrás de escenas fogosas y urgentes, amores tiernos e inquebrantables o corazones melancólicos, escondían la vida solitaria del marinero y lo incierto de su destino siempre al borde del final.  Escuchaba y bebía mientras Narcís graznaba un vals marinero aprendido en la infancia. Habrían pasado dos horas de la medianoche cuando el sabio cerró todas sus puertas al mundo del que se ausentó aislado por sus estruendosos ronquidos. Narcís, abandonado a la soledad, la emprendió con la tercera botella mientras encendía su pipa de picadura selecta y amarga. El aire no se movía, el firmamento lucía indolente y la mar, de cuando en cuando, se acercaba mansa  a la orilla. Sólo había movimiento en la cabeza de Narcís que se preguntaba por el sentido de la extraña expedición que le había tenido ocioso tres semanas. Y pensaba en algunas de las cosas  que había aprendido del sabio de Cubelles.

Un grupo de cinco delfines nadaba ante la entrada de  Cala Bona. Iban y venían desde el Morro de Cala Bona hasta la Punta Prima  y el  ruido de sus bufidos y aleteos le llegaba claro a Narcís aunque tan sólo veía sus sombras  silueteadas con trazos intermitentes  de espuma. Se movían sin prisas, con orden, acompasados, como si danzaran guiados por  notas musicales.  Una leve brisa, no más que un suspiro, despejó la bruma de la pipa de Narcís aclarándole la visión y  regresó entonces del lugar adonde le habían transportado sus recuerdos y pensamientos evadidos sin control con la complicidad del ron.  Justo en aquel instante se apercibió de que una melodía ofrecida por una voz prodigiosa desde el acantilado de Ribes Altas, al fondo de la bahía,  se extendía ondulante por encima del agua de la misma forma que se mueven las olas. Los delfines impulsados por lentos movimientos de sus poderosas colas se dirigieron juntoshacia el acantilado, suavemente y sin hacer ruido, como para no interferir el canto, . Al no levantar agua ni espuma a Narcís le costaba seguirlos con la mirada y los perdía de vista. Convencido de que algo extraordinario sucedía ascendió al Morro de Cala Bona para otear desde sus veinte metros de altura los movimientos de los delfines. Llegó arriba con el corazón batiendo fuerte no sabría decir si por esfuerzo de la repentina carrera o por la intensa emoción que sentía en aquel momento. Quizás fuera tan sólo consecuencia de todo el ron que corría por sus venas aquella noche.

Desde su otero veía ahora con claridad a los delfines saliendo del agua, saltando en un baile que doblaba el ritmo de la música cantada por la melodiosa voz  que ahora le llegaba más fuerte y mucho más nítida. Algo, sobre la roca del Racó de ses Cuques atraía a los delfines. Algo que se movía. Algo que parecían unos brazos agitados que les estimulaba y parecía dirigir su danza. La escena impresionó al curtido marinero conmoviéndole y de golpe se disiparon los vapores que embarazaban su pensamiento.

(Continuará)

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Yo, Miquel Feitús, con perdón. El viento fresco, a veces húmedo vendaval, expuso mis raíces y desecó buena parte de la savia que nutría una arboladura otrora exhuberante.

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